A dos décadas del 19 y 20 de Diciembre de 2001

2002, El año que hubo asambleas

Fernando Gargano

«…Nadie, entre quienes participamos de alguna u otra manera los días 19 y 20 de diciembre del año 2001 en las manifestaciones callejeras, los cortes de calles y otros enfrentamientos, podíamos prever el enorme significado de lo que estábamos viviendo. Tampoco imaginamos el campo de posibilidades que se abría hacia el futuro…»

19, 20 y después

En la historia argentina, lo sucedido en Diciembre de 2001 integra la lista de los hechos colectivos que brindaron más interpretaciones en menos tiempo; seguramente, también ha sido uno de los emergentes más inesperados. Entre sus consecuencias inmediatas figuran el despliegue del movimiento asambleario barrial, la incorporación a la agenda política de numerosas cuestiones sociales antes invisibilizadas, y un flujo crítico destituyente de inédita riqueza; sus efectos aún perduran. Claramente hay un antes y un después de aquellos días tanto desde la perspectiva de nuestros movimientos sociales como en la óptica de las clases dominantes.

Nadie, entre quienes participamos de alguna u otra manera los días 19 y 20 de diciembre del año 2001 en las manifestaciones callejeras, los cortes de calles y otros enfrentamientos, podíamos prever el enorme significado de lo que estábamos viviendo. Tampoco imaginamos el campo de posibilidades que se abría hacia el futuro. Demasiado era lo que estaba quedando atrás en cuanto a modalidades políticas como para percibirlo inmediatamente desde el interior del suceso. En los días posteriores generamos movilizaciones espontáneas, destituciones de presidentes y funcionarios, escraches a jueces y burócratas sindicales, profetizamos cambios radicales y señalamos innumerables caminos a seguir; habíamos ganado la calle con la consigna “Que se vayan todos”.

Parecía inaprensible. Fueron elaboradas complejas explicaciones en una novedosa lucha de prácticas e ideas acompañando la actividad asamblearia de los meses siguientes, cuando se potenciaron los colectivos y organizaciones de los movimientos sociales, y se crearon nuevos grupos de intervención política. Se dispararon soluciones autogestivas en el mundo del trabajo, el cuidado del medioambiente, o la defensa de derechos básicos que eran asediados. Renacían viejas teorías políticas y se esbozaban frescas explicaciones, mientras un certero cuestionamiento generalizado parecía arremeter contra todo lo dado. Diferentes y hasta contradictorios cuerpos doctrinales eran confirmados por sus portadores, aunque la mayoría de las veces sin confrontación con las experiencias transitadas. Se postularon posibles “grados ceros” de la política y comparaciones con las revoluciones rusas, así se discutía si estábamos en un Febrero o en un Octubre. Tampoco faltó quien dijo que lo viejo debía acabar de morir mientras lo nuevo aún no había nacido, o quienes creían firmemente que solo restaba concluir la revolución iniciada.

Hablamos de un proceso verdaderamente novedoso que requería parámetros de valoración y análisis acordes, tanto por su innovación como por su complejidad. Abordado reflexivamente de múltiples maneras, aquel acontecimiento incitó y desplegó valiosos intentos de comprensión colectiva entre una enorme variedad de verdades profesadas, y los prejuicios e idealizaciones que perduraban. Hubo atinadas producciones en el orden del pensamiento; el tiempo sumó la posibilidad de mirar en perspectiva y con nuevos juicios y reflexiones críticas sobre las prácticas ejercitadas. Una euforia productiva incentivó una gran constelación de lecturas y escrituras. A la distancia sostenemos que todavía está pendiente un profundo balance; los movimientos sociales independientes de las clases dominantes nos adeudamos el ensayo de repreguntar sobre aquello que hemos gestado; sin idealizarlo ni olvidar que los errores cometidos fueron tantos o más que los aciertos (1).

  1. El 20 de Diciembre de 2001, Fernando De La Rúa escribió su renuncia. Ocupó su lugar Ramón Puerta, a quién sucedió Adolfo Rodríguez Saá que asumió tres días después, cuyas designaciones fueron altamente resistidas. El 29 de Diciembre un cacerolazo “revocó” a su Jefe de Gabinete de Asesores Carlos Grosso. El 30 de diciembre renunció Rodríguez Saá, y el titular del Senado, Ramón Puerta, renunció también para no asumir nuevamente como presidente. Obligado, y con algo más de consenso asumió Eduardo Camaño. Luego, la Asamblea Legislativa designó a Eduardo Duhalde dos días después. Los cacerolazos siguieron por semanas.


Planteo del trabajo

Estas líneas son el relato político, de vivencias personales y colectivas en conjunción, y su reflexión pretendidamente crítica. Relato y reflexión acerca del desarrollo de un nosotros múltiple. Así, esta es una interpretación entre tantas; determinada por mis recorridos y formaciones previas en ámbitos ligados al pensamiento y las prácticas libertarias. Espacios minoritarios, marginales y periféricos, pero siempre en la búsqueda de toda posible autogestión. Estas palabras no pretenden ser la explicación objetiva del proceso, no existe tal cosa; sí apuntan a confrontar con otras lecturas que operaron dentro y fuera del movimiento y a enfrentar lecturas o miradas actuales que lo juzgan con exterioridad y en clara oposición de intereses. Transcribo en el relato la selección de algunos documentos propios escritos para la Asamblea de Villa del Parque y algunos textos cercanos, de personas o colectivos; he recurrido a borradores y apuntes propios, textos de diferentes orígenes y carácter; declaraciones, escritos de difusión o simples opiniones.

Esta reflexión nació en inmanencia al movimiento, el tiempo agregó una nueva perspectiva que de ningún modo anula la anterior: la complementa. No se trata de un pensamiento externo al proceso; sabemos también de la imposibilidad de una mirada neutral, tanto para este como para cualquier texto. Es inevitable tomar partido por ciertas ideas y prácticas que pudiendo estar erradas o en contradicción, son posibles de ser confrontadas, corregidas, confirmadas; las variantes que promueven la igual validez de todas las interpretaciones no llevan a buen camino cuando se trata de emprendimientos y luchas colectivas. Las verdades son provisorias, en proceso; desarrollo de relaciones intersubjetivas; nunca colecciones de opiniones individuales que no se hacen mellas entre sí. Como esta perspectiva no olvida ese nombrado recorrido singular previo en diversos movimientos autogestivos durante la década anterior, se van a enumerar algunos antecedentes que a mi juicio prepararon materialmente la situación asamblearia de los años 2002 y 2003.

La presentación general bosqueja una periodización, un esquema intencionalmente arbitrario para cumplir una simple función explicativa, fundado en algunos problemas con los que se encontró el movimiento en sus diversas fases. En esta primera parte se abordan los meses iniciales del recorrido, signado por la inestabilidad institucional y una fuerte presencia asamblearia. Se abordan los problemas de constitución, de identidad y delimitación, y sus rupturas; por último habrá una revisión de los obstáculos encontrados. Una segunda parte, tomará la continuidad del movimiento una vez alcanzado un tope en su crecimiento cuantitativo, cuando la situación de regreso a la calma democrática redefinió su constitución, sus lazos y alianzas, y necesariamente sus objetivos. Allí se repasarán algunas de las variantes interpretativas que circularon a partir de Diciembre y sus bases teóricas, que fueron y son muchas.

Es necesario dilucidar si el movimiento asambleario fue continuación de un proceso anterior y si dejó herederos, o cuanto de nuevo hubo en realidad. Todo intento de recreación, y toda política que se inscriba en su herencia deben asumir esa indagación. Creemos que la variedad de afirmaciones que se generaron deben ser fundamentadas, todo uso de conceptos y nociones requiere aclaración y delimitación cuando se quiere arribar a descripciones que tengan utilidad teórica para la intervención política. La unilateralidad interpretativa lleva a un autodespliegue idealista que poco favor hace a las luchas. La ambigüedad solo trae inmovilismo o descompromiso. Cómo ejemplo señalaré dos errores dogmáticos que se pudieron constatar. Uno fue el de recurrir exageradamente a la idea de acontecimiento y la consiguiente fidelidad remitida a él, traducida generalmente en una búsqueda de lo novedoso por la novedad misma, y la impugnación de variantes de acción supuestamente infieles a Diciembre. Otro error fue el de caracterizar lo sucedido como una revolución que debía ser completada a riesgo de caer en la traición; mirada típica de los milenarismos mesiánicos que cuentan con las respuestas antes que aparezcan los interrogantes.

Las interpretaciones de los sucesos de los días 19 y 20 son innumerables. Lo mismo ocurre con el movimiento asambleario, las críticas hacia las asambleas muchas veces son lapidarias sin justificación. Valoramos las apreciaciones que demostraron cierto compromiso con los procesos, y cuestionamos las interpretaciones exteriores que han demostrado desconocimiento y un menosprecio interesado. No pretendemos neutralidad pero si responsabilidad con esclarecer los propios pasos. En este nivel de divulgación nos conformamos con señalar que hubo una reconfiguración tal del orden político que obligó a nuevas conceptualizaciones. Todo preconcepto quedó bajo el aura del dogmatismo, donde la izquierda partidaria fue el ejemplo más triste.

Como adelanté líneas arriba, para el texto tomo como referencia la génesis de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Villa del Parque con breves referencias a otras asambleas. Los devenires fueron similares, sus problemas internos y sus resoluciones también. Los objetivos de coordinar y afianzar un movimiento general que excediese los marcos locales, al ser compartidos, permitieron un continuo flujo de problemáticas y se generaron dispositivos de alianzas en la forma de una difusa red de relaciones cooperantes. Si se remarca la idea de cooperación es porque se superó la frágil costumbre de los frentes ocasionales de fines cortoplacistas propios del izquierdismo partidario o del progresismo de los frentes electorales difusos. Hubo casos donde la voluntad de construir colectivamente bastiones de autonomía e independencia de criterios, fue camino y resultado de esos mismos recorridos. Esos cursos dentro del desarrollo encontraron una continuidad que merece ser rastreada, dado su potencial político a la hora de pensar situaciones que anticipen muestras de la sociedad buscada como horizonte superador.

Agrego por último: sólo de algo podemos estar seguros, nada de lo escrito, dicho o pensado sobre aquellos días puede asumirse como individual o ser apropiado desde alguna supuesta originalidad. Dijimos que la verdad es gestación colectiva, agregamos que los discursos no contemplan propietarios sino enunciantes ocasionales. Lo sucedido desde diciembre de 2001 en adelante tampoco tiene dueño.

Algo más que consignas radicalizadas

Así como en las calles no esperábamos encontrar a la muerte, como contundente respuesta ante la insubordinación y el grito de hartazgo generalizado, tampoco imaginamos que meses después estaríamos sosteniendo un estado de movilización tan encendido y una situación asamblearia inédita (2) . La ocupación de lugares públicos y espacios privados en estado ocioso para ser habitados de manera colectiva y abierta de los que algunos hoy perduran, y el activo cuestionamiento a la situación político institucional enmarcado en un estado deliberativo generalizado, fueron una verdadera novedad. Hubo en el país antecedentes de sucesos autogestivos y rupturistas, pero, o bien fueron locales y parcializados (Cutral-Có, el Cordobazo, el Rosariazo (3) ) o depositaron el espíritu autoconvocante inicial en un líder o en las conducciones de organizaciones políticas (podría ser el caso del 17 de Octubre) y otros se diluyeron sin un saldo organizativo (La Banda ). Lejos de querer compararlos en una imposible escala, decimos simplemente que fue algo distinto.

El acontecimiento de Diciembre de 2001 tuvo continuidad en el movimiento asambleario de los años 2002 y 2003, en el que participé activamente. Las construcciones que sucedieron no se dieron ni de manera azarosa ni espontánea: aquella inesperada ruptura con la pasividad posibilitó un movimiento constituyente impulsado tenazmente por agentes que no sólo dijeron “basta”, sino también “estamos aquí”; además, nuestro hito y sus frutos poseen una génesis que puede ser rastreada. No hablaremos entonces, de un cuerpo de ideas y prácticas asamblearias surgidos de la nada, aun aceptando que lo ocurrido en Diciembre de 2001 nunca podrá ser enrolado en ninguna de las instancias políticas hasta ese momento conocidas. Hemos constatado que la ruptura no impidió a las singularidades que le dieron vida, volcar sus historias previas en la multitud resultante; para bien y para mal. Lejos de alcanzar un estado utópico asambleario y horizontal, muchos de los vicios de la política tradicional y del sentido común imperante convivieron con las novedades de una práctica efectivamente antagónica al orden estatal. La emergente matriz de participación tuvo consecuencias arrolladoras sobre muchas de esas pautas tradicionales, mas la superación no fue completa. El orden fue restablecido con elecciones generales primero, y con un trabajo de satisfacción de ciertas demandas básicas por el gobierno elegido, de fuerte carácter asistencial con lo que supo generar gran consenso por más de una década (5) . Los cuestionamientos al modelo de país sometido a los designios del capital fueron acallados paulatinamente.

El movimiento autoconvocado intentó un trabajo de enriquecimiento de la consigna “Que se vayan todos”, fusión de aspectos espontáneos con fases diseñadas y planificadas de diversas maneras con mayor o menor éxito, que entendemos quedó inacabado. Era inevitable que ante tanta multiplicidad, las interpretaciones fuesen variadísimas. Sin embargo, resultó ser una potente diversidad difícil de someter en sus inicios. Una feroz disputa de ideas se desplegó con la novedad que la palabra y la disposición de los cuerpos tomaron un rol fundamental para dirimir y signar los pasos que se daban. “Tomemos nuestros asuntos en nuestras propias manos” fue la consigna que algunas asambleas levantaron para complementar aquel grito inicial. Con el tiempo, nuestra Asamblea de Villa del Parque adoptó consignas como las de “Autonomía, solidaridad y lucha”; “Piquete y cacerola, la lucha es una sola” fue un grito colectivo que emanaba de una comprensión global del estado de situación y la voluntad de ampliar el espectro de alianzas. La evolución en las consignas reflejó de alguna manera la disposición de enriquecer los espacios de construcción desde la materialidad recorrida. Se trataba de agentes que coordinaban acciones, luchas, compartían sueños y objetivos. Claramente se buscaba trascender el mero reclamo discursivo, en incipientes salidas al hartazgo. El pasaje de la instancia de “pedir” al momento de la “exigencia” es una prueba del grado de autodeterminación que se profundizaba al ritmo de la persistencia.

Todavía está pendiente revisar los alcances de aquellos cuestionamientos, los límites de sus potencias si los había, y las creencias y deseos que se conjugaban; intentaremos dar cuenta del estado de anomalía existente y revisar sus posibilidades antagónicas. La multitud movilizada era una verdadera marea que abarcaba todas las franjas etarias, distintos niveles sociales e incontables creencias políticas, por lo tanto las propias miradas llegaban a ser contradictorias. Hoy debemos preguntarnos qué resultados persistieron a tanta variación, cuánto ha sido idealizado y cuánto olvidado, cooptado, desvanecido.

No éramos pocas las personas que opinábamos en esos días que, aun comprobando un alto grado de radicalidad, el sistema nunca estuvo en peligro; estaba claro que no se trataba ni de una crisis orgánica, ni de una revolución. Siempre estuvo a la vista que el propio movimiento necesitaba mucho tiempo, pensamiento y experimentación para pulir objetivos, aunque su destino estaba abierto a alcances latentes inimaginados. Ante las voces que hablaban de una revolución y las que lo limitaban a una clase media individualista e indignada defendiendo sus intereses económicos necesitamos indagar cuanto había de unos y otros componentes, y como se completaba aquella composición. Sin ser pesimistas, en aquellos días, creíamos que a pesar del alto grado de autogobierno de parte de los agentes partícipes, para el momento esas miradas revolucionarias eran una exageración (6) .

Es necesario relevar aquellas determinaciones novedosas, y las viejas pautas que no terminaron de morir, porque entendemos que no basta con “nombrar” en un nivel demasiado general, con sentencias que olvidan las riquezas de lo singular. Entendemos que se trata de poner en palabras, sin ambigüedades, explicaciones que den cuenta cabalmente del proceso vivido, e ir más allá para desentrañar las relaciones internas desplegadas, sus efectos (7) . Yendo más allá de la valoración o la adjetivación autocomplaciente, aquellas consignas enunciadas tuvieron cuerpo en lo organizativo, marcas subjetivas que el estado no tardó en atacar.


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2. El saldo de la represión fue de casi cuarenta muertos y dos centenares de personas heridas de gravedad. Al final del libro detallamos los nombres y lugares de los caídos aquellos días.

3. La pueblada de Cutral Có y Plaza Huincul, de fines de Junio de 1996, fue un hito que marcó el inicio de una nueva etapa en las formas organizativas de las protestas sociales. Habría que remontarse al Cordobazo y el Rosariazo para encontrar levantamientos similares de gran autoorganización y alto grado de enfrentamiento a las fuerzas y lógicas del estado. La jueza que comandó el intento de desalojo se vio obligada a declararse incompetente ante la magni-tud y presencia de las fuerzas populares. “Me retiro del lugar y las fuerzas que vinieron con-migo también” expresó la jueza Margarita Gudiño de Arguelles ante el piquete en plena ruta.

4. A fines del año 1993 un levantamiento popular obligó a renunciar al gobernador de Santiago del Estero; la crisis se resolvió con la intervención de la provincia. El saldo organizativo de las fuerzas sociales que se levantaron fue casi nulo. En el proceso, fueron incendiadas las viviendas de algunos políticos y la misma casa de gobierno de Santiago del Estero.

5. En las elecciones presidenciales de 2003, Menem ganó la primera vuelta con el 24 % de los votos sobre el 22 % de Kirchner. Al no presentarse Menem en la segunda vuelta el presidente fue Kirchner. Con una serie de medidas demagógicas y un complejo entramado transversal de alianzas punteriles, el gobierno se hizo de una base de apoyo absolutamente ecléctica. Fiel a su historia peronista, el frente abarcó derechas, izquierdas y centrismos que rindieron enorme pleitesía al líder.

6. Recuerdo mis propias palabras en la Asamblea Interbarrial de Parque Centenario en Enero de 2002: “…El pueblo ya deliberó, ahora hay que pasar a la fase ejecutiva…”. Discurso que podía tener un aspecto “verdadero” en esos primeros días de euforia pero que fueron relativizadas por nuestras propias prácticas en los días siguientes ante las dificultades reales de plasmar esa “soñada fase ejecutiva”.

7. Creemos firmemente que las medidas que calmaron los ánimos bajo el gobierno resultante de las elecciones de 2003 no hubiesen sido tales sin la presión social ejercida previamente. Sin embargo, el modelo extractivista, base de sostén de todo el edificio populista de la década posterior, se afianzó; la renta financiera tampoco fue atacada. Pautas antagónicas a cualquier proyecto de país que postule cambios radicales en vistas de algún tipo de emancipación. El nuevo gobierno tuvo que operar fuertemente en lo simbólico para desarticular semejante movimiento en principio inaprensible. Se profundizará este tema en nuestra segunda parte.

Periodización

La noche del 19, la declaración del estado de sitio encendió la mecha. El decreto número 1678 leído por el presidente en cadena nacional decía que: “Visto los hechos de violencia generados por grupos de personas que en forma organizada promueven tumultos y saqueos en comercios de diversa naturaleza y considerando: Que han acontecido en el país actos de violencia colectiva que han provocado daños y puesto en peligro personas y bienes, con una magnitud que implica un estado de conmoción interior…”, en su artículo primero se declaraba “… el estado de sitio en todo el territorio de la Nación Argentina, por el plazo de treinta días…”.

En un clima de profunda indignación e incertidumbre, la rabia se desató en forma de movilización espontánea. Miles de personas salieron a las calles, la gran mayoría con cacerolas o elementos para que el ruido y el bullicio expresen su profundo malestar. En todos los barrios se ocuparon esquinas y plazas, y se marchó desde todas las direcciones hasta la Plaza de Mayo, en el centro de la ciudad. La feroz represión y los asesinatos del día 20 generaron en el reclamo de justicia un factor movilizante y aglutinante. Así, los primeros pasos fueron de exigencia y revocación, expresados en la frase “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, seguidos de expresos pedidos de justicia por los muertos; con el correr del tiempo surgió una vital necesidad de autodeterminación junto al deseo de persistencia. Entre la multitud que se expresaba, un número importante de personas hacía sus primeras experiencias, otras eran actores y actrices que cargaban una riquísima historia política personal, pero tanto para la multitud como para el poder político económico estaba claro que algo fuerte y diferente estaba sucediendo.

Mientras las explicaciones “eran puestas” desde el exterior, desde los bloques dominantes mediados por las empresas de comunicación, o desde la ignorancia y el prejuicio, la multiplicidad emergente buscó definirse a través del camino de la reflexión. Así se manifestaron tensiones y pasiones en el interior del movimiento, que pusieron en juego un riquísimo e inédito pensamiento asambleario. Se expresó una voz propia que respondía a preguntas como “¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, ¿con qué proyecto?”. En principio, la frase “Que se vayan todos” cargada de negatividad era complementada, desde ese puro rechazo, con los momentos positivos instituyentes a través de una tenacidad también inédita, en el afrontar de los problemas que surgían. Atrás quedaban los mandatos populistas, paternalistas o represivos como “de casa al trabajo y del trabajo a casa”, o “cada uno en lo suyo defendiendo lo nuestro” (8).

A pesar del riesgo de quebrar la bella unidad aparente, en el orden del día siempre estaba ese momento de la autodeterminación. El movimiento se dio permiso para hablar en primera persona, y en plural; interpelando a la vez a la población dormida, para convocarla o confrontar. Todo fue aprendizaje: se probaron prácticas y se repudiaron otras, se abandonaron propuestas y recorridos, se tejieron lazos y determinaron enemigos. Desde el sistema político no se tardó en definir y encorsetar al movimiento para neutralizar el elemento antagónico existente: si se trataba de ahorristas enojados o de las clases medias disconformes había que poner un límite: era hora de incitarlos a volver a casa; si se trataba de “ultraizquierdistas” o “anarquistas” había que “normalizarlos”. No faltaron los enfrentamientos directos, las infiltraciones, las provocaciones y agresiones físicas.

La derecha más pensante definió al nuevo movimiento con gran fidelidad. Porque se deliberaba al margen de los canales establecidos alertaba desde sus editoriales sobre el maximalismo potencial (9). A dos meses de asambleas barriales el presidente Eduardo Duhalde lo expresó con precisión: «no se puede gobernar con asambleas», “la ciudadanía debe organizarse dentro del sistema democrático», «la forma que tiene la ciudadanía de expresarse es con el voto”. Las voces progresistas del tibio reformismo apenas veían un ciudadanismo moral que venía a oxigenar las vías democráticas, necesitado de representación y tutela. Sin embargo latía algo más profundo en el propio movimiento. Se desarrollaron líneas que fugándose de la tradición anquilosada potenciaron experiencias radicales. Consignas que a mediados de los noventa apenas eran escuchadas en boca de minorías que impulsaban la autogestión -por ejemplo, “Tomemos nuestros asuntos en nuestras manos”- se diseminaban como un virus interpelando también a una anquilosada izquierda partidaria.

En el proceso podemos diferenciar dos momentos o aspectos. Uno claramente destituyente (efectivo al punto de revocar cuatro presidentes y varios funcionarios) y otro momento constituyente en tanto gesta social relativamente independiente, con base en las nacientes asambleas barriales y la fuerte ligazón entre el sector urbano de esas asambleas barriales y el periférico de los movimientos de trabajadores de desocupados; se sumaban colectivos de artistas, ecologistas, feministas y estudiantes entre otras variantes organizativas. Está claro que no hablamos de momentos en el tiempo, sino de instancias conformantes de un mismo proceso. Desde un orden temporal se pueden discriminar una serie de fases, en una caprichosa esquematización que sin embargo nos ayudará a la descripción del proceso desde su rápido ascenso hasta su posterior fragmentación y desvanecimiento: a) Constitución de las asambleas, b) El aparecer de las diferencias, c) El rechazo a la representación, d) El momento de la separación, e) La lucha en democracia contra la democracia.

8. El 18 de septiembre de 1945 el coronel Juan Perón era Secretario de Trabajo y Previsión del gobierno militar; ya era popular había disposición para movilizarse de parte del pueblo, en su defensa ante una avanzada de la reacción. Lejos de dejar lugar a la auto organización y al protagonismo en primera persona de las clases trabajadoras, deja su carta de presentación como futuro líder paternalista: “Nosotros, por nuestra parte, seguiremos vigilantes y listos para actuar si es necesario. Vosotros, en cambio, transitad la consigna del trabajo a casa y de casa al trabajo”. La frase del gobierno militar de 1976, “…Cada uno en lo suyo defendiendo lo nuestro…” habla por sí sola.

9.  “…Si bien es cierto que el auge de estas asambleas aparece como una consecuencia del hartazgo público ante las conductas poco confiables de la clase política, debe tenerse en cuenta que tales mecanismos de deliberación popular encierran un peligro, pues por su naturaleza pueden acercarse al sombrío modelo de decisión de los «soviets», donde el lirismo idealista de muchos terminaba siendo casi siempre manipulado por una minoría de activistas ideologizados, duchos en el arte de proponer soluciones grandilocuentes y efectistas de puro contenido emocional -a menudo de imposible cumplimiento- y de captar, así, la voluntad de mayorías que no siempre advierten a tiempo la trampa que se les tiende.” Asambleas barriales. La Nación, Jueves 14 de Febrero de 2002.


a) Constitución de las asambleas


La irrupción de los días 19 y 20 de diciembre fue sucedida por una rápida y masiva ocupación de los espacios públicos: marchas multitudinarias, escraches, asambleas en esquinas y plazas, y una firme condena social a los políticos del orden. Las manifestaciones de descontento y los agrupamientos colectivos resultantes se canalizaron fuera de los carriles establecidos como normales y permitidos; lo esperable no sucedió. Desde fines de Diciembre se crearon decenas de asambleas barriales. En la Asamblea Interbarrial de Parque Centenario encontraron un lugar de centralización y coorganización de la multiplicidad, de confluencia ; se debatieron y diseñaron acciones y objetivos, formas de organizar y decidir, nutridas por trabajadores que ocupaban su lugar de trabajo ante al abandono de sus patronales, colectivos que abordaban la cuestión de género, ecologistas, grupos de artistas que se expresaban en la ciudad y largos etcéteras, de los que los partidos políticos que no se sentían interpelados participaron con sus lógicas propias.

Esas asambleas fueron convocadas y construidas. Aun sosteniendo que 19 y 20 fue un acontecimiento profundamente rupturista, las asambleas no surgieron de la nada. Hubo sujetos activos que hicieron carteles, hablaron con los vecinos, buscaron lugares de reunión y de propaganda, pusieron sus cuerpos para que esas reuniones tengan continuidad. A esas convocatorias se sumaron nuevos vecinos y de distintas maneras fueron visibles ocupando un lugar simbólico importante. La novedad se enlazó con una historia y un aprendizaje previo que preparó ese terreno, innovando, acertando pero también repitiendo errores.

Paulatinamente se organizaron actividades, se dividieron tareas, se tejieron relaciones con otros vecinos y otras asambleas o simplemente canalizaban la simple compañía de un par; las asambleas barriales lograron así la persistencia. Estuvieron presentes en escraches a los miembros de la corte suprema, a sindicalistas, curas y represores. Como se verá adelante, el marchismo desenfrenado desgastó al movimiento pero en un principio tuvo en jaque a la gobernabilidad; las primeras semanas se marchó cada viernes a la Plaza de Mayo, se marchaba a los tribunales los jueves y a los bancos. Las sedes de las empresas privatizadas de servicios eran visitadas una y otra vez.

Una simbólica prueba de fuego de acción conjunta, unitaria, que demostraría su presencia en el mapa político fue la marcha recordatoria del golpe militar, formando un masivo y heterogéneo cuerpo que se presentó como un otro ante los actores tradicionales. Todos los partidos concurrentes estaban expectantes ante ese nuevo actor que se separaba claramente de sus columnas asumiéndose como tal. Así, el primer período lo extendemos desde los días de diciembre hasta la marcha del 24 de Marzo.


b) El aparecer de las diferencias.


El 24 de Marzo, cientos de asambleístas dieron esa muestra de presencia que nombrábamos líneas arriba, pero también encontraron convocatorias separadas, “organismos de derechos humanos” que exhibían sus diferencias al punto de marchar enfrentados, hostilidad y competencia en los partidos, militantes partidarios que abandonaban la camaradería vecinal para competir entre sí bajo sus respectivas banderas. Nacidas en un mar de profundas discusiones, la búsqueda de unidad, masividad y logros políticos habían sido las prioridades, pero el “idealismo” y el optimismo que se generalizó desde los más expertos hasta los más novatos, chocó con la fragmentación existente al nivel de las organizaciones. Esa división fue exacerbada durante la organización y las convocatorias del 1 de Mayo y el 9 de Julio cuando las estructuras partidarias desnudaron su desinterés por el trabajo de base y barrial, el enriquecimiento del movimiento, focalizando su atención en un marchismo inocuo, con el agravante de escindir las manifestaciones en una competencia partidaria que obligó a optar al movimiento asambleario por disyuntivas que le resultaban ajenas e incómodas. Se llegaba a una u otra convocatoria según la relación con tal o cual partido o el peso de ellos en sus respectivas asambleas.

La Interbarrial de Parque Centenario ya no potenciaba las luchas y se presentaba como una violenta tensión entre lo local y la coordinación en el nivel general. Decenas de consignas, marchas y declaraciones votadas en ese foro centralizado no podían ser respondidas con los cuerpos singulares; sumidas en la repetición perdían día a día su potencia y efectividad. La sobredeterminación de la agenda propia con un calendario coyuntural que imponía ritmos inalcanzables fue un componente antagónico a los tiempos e intereses de los grupos barriales y de algunos movimientos sociales de tendencia autogestiva, la partidocracia comenzaba a hacer estragos en las asambleas.

Como respuesta, en los barrios comenzaban a reordenarse las alianzas en función de tareas más cercanas a lo cotidiano. Si el gobierno había obtenido cierto crédito en amplios sectores expectantes, las asambleas no renegaban del “que se vayan todos”, y ante la crisis que se profundizaba adoptaba nuevos contenidos autogestivos y de solidaridad. En un muro de Villa del Parque se podía leer “Autonomía, solidaridad y lucha”.

Promediando el año la conflictividad social aumentó en intensidad. La creciente organización de la resistencia se manifestaba en la forma de una todavía vigente coordinación de actividades y manifestaciones. Como era de esperar hubo una reacción desde el estado, los grupos de poder y el establishment político incluyendo buena parte del llamado progresismo, en múltiples intentos de cooptar, representar o acallar al movimiento. Como todos sabemos, el golpe fue dado con la represión en el Puente Pueyrredón y los asesinatos en la Estación Avellaneda. La respuesta espontánea fue otra manifestación de la propia fuerza existente en ese momento, una masiva marcha de repudio y posteriormente el constante reclamo de justicia. La masacre de Avellaneda abría un nuevo ciclo en las luchas porque el gobierno se había expresado claramente, nada se aceptaría por fuera del orden estatal.


c) El rechazo a la representación.


Durante el momento posterior a los asesinatos del 26 de Junio y con límite en la marcha del 30 de Agosto convocada por la fugaz alianza entre Zamora, Carrió y De Genaro las diferencias ya habían mostrado su crisis. Así se explicitaron y presentaron diferentes salidas. El llamado a elecciones generales y la propuesta de vuelta al orden instaló temas que no estaban contemplados en la agenda signada por el “que se vayan todos”, pero el movimiento asambleario llegó a esa situación con herramientas conceptuales más pulidas gracias a las recientes experiencias y su elaboración colectiva. Fue el momento en que se afianzaron los trabajos barriales ensayando la construcción de cierto poder local, en franca oposición con la lógica electoral que tomaron los partidos. Las asambleas ya realizaban emprendimientos entre sí y tenían meses de prácticas en nutridas comisiones gremiales de salud y educación, había grupos de trabajo orientados a la lucha contra las empresas privatizadas o de defensa de los ferrocarriles, se multiplicaban los encuentros y las actividades de difusión sobre la cuestión de la deuda externa o la cuestión ambiental, se potenciaba la lucha de las empresas recuperadas con acciones de solidaridad activa y comprometida.

Se había aceptado la cuestión del poder pero se lo entendía de manera contra hegemónica; “poder hacer”, “poder constituyente” quizás no eran tematizados pero si ejercidos. Demasiada vida con tiempos demasiado extendidos para el gusto de los partidos tradicionales, que corridos por un canibalismo extremo y una lógica alienante presentaban múltiples choques: el antagonismo emergente entre partidos y asambleístas se cruzaba con las disputas entre sí de las organizaciones como si el movimiento fuese un botín a repartir.

Paralelamente a las ocupaciones de terrenos y locales ociosos o abandonados para ser habitados asambleariamente, se afianzaron lazos con los movimientos de desocupados y otras organizaciones. Sin embargo, ya se estaba en campaña electoral y la aceptación de la contienda de algunas de las partes configuraba un nuevo mapa. Si se había crecido cualitativamente, los asambleístas ya no eran tan numerosos y perdían visibilidad.

Ese crecimiento interno era abonado por encuentros de debate, lecturas, publicaciones, instancias de información y divulgación. Para ese entonces ya se podía hablar de una producción intelectual fundada en un pensamiento asambleario cada vez más sólido. Diversas prácticas de la cotidianeidad ciudadana eran cuestionadas de raíz, sobre todo el rol de los medios de comunicación o la pasividad imperante en la población. La disyuntiva parecía ser salida electoral o salida democrática, el sistema comenzaba a ser cuestionado con fundamentos más sólidos.


d) El momento de la separación.


La carrera electoral marcó un nuevo período, signado por las escisiones. La voracidad de los partidos políticos fue rechazada del seno de los movimientos paralelamente a la exposición transparente aquellas diferencias en cuanto a la lógica de construcción. Se vieron dos claras opciones “burocratizadas”: por un lado la confluencia en el espacio de “coordinación” de Colombres 25 (10), autoerigido como comité de dirección del sector que había “tomado” la Interbarrial de Parque Centenario; por el otro las políticas clientelísticas de los partidos con pie en el movimiento piquetero llevando la lucha a la disputa por la conducción del bloque piquetero. Las asambleas ligadas a la C.T.A. y el progresismo “democratizante” también tuvieron su enfrentamiento con los asambleístas que se resistían a la vuelta a la representación y menos aún aceptar un progresismo tan institucionalista, ellos se nuclearon en una tibia multisectorial conocida como Espacio de Nazareth.

El desenlace en las asambleas fue con escisiones y expulsiones, para optar por los trabajos de persistencia y autonomía de un movimiento en franco decrecimiento pero ya volcado plenamente a la construcción de base y confirmando “la cuestión del poder” como problema propio sin encontrar respuestas acabadas. Ese período se extendió hasta la elección presidencial y la vuelta al orden democrático. Para ese entonces, diversos espacios de coordinación y encuentro como el de las Asambleas Autónomas, La Ronda de Pensamiento Autónomo, La Asamblea Interbarrial de Vicente López, se sostuvieron mientras la Interbarrial de Parque Centenario quedaba, vacía de vecinos y asambleas, en manos de los partidos de izquierda. Se había dilapidado la energía nucleada en las dos asambleas interbarriales de nivel nacional y los encuentros entre organizaciones piqueteras de las que los barrios participaban. Las asambleas se fueron dividiendo una a una, los grupos electoralistas o los llamados luchistas se desprendían para formar la suya propia o directamente eran expulsados.

Fueron semanas caóticas y de confusión, pero también momento para recoger la acumulación de experiencias y la reafirmación de cierto compromiso al elaborar reflexivamente las vivencias. Las asambleas alcanzaban su primer aniversario con potentes y convocantes actividades demostrando buena capacidad organizativa.

A fines de Noviembre la policía detuvo en el Puente Pueyrredón una columna piquetera que iba hacia Plaza de Mayo. La espontánea respuesta demostró nuevamente una organización vital y ágil, efectiva al punto de lograr aportar su cuota para vencer la resistencia estatal junto a los partidos y organizaciones sociales. Aun en la fragmentación, se trataba de un sólido movimiento de oposición.

10 . El espacio de Colombres 25 estaba hegemonizado por Izquierda Unida y hacía de la Interbarrial de Parque Centenario su centro de legitimidad, por cierto ínfima para ese entonces. El espacio llamado de Nazaret se centraba en los lazos con la C.T.A, y tenía poca influencia entre las asambleas..

e) La vuelta al orden.


Aunque podría decirse que fue el período de la derrota parcial y la vuelta al orden representativo, las políticas de cooptación y los planteos populistas del gobierno naciente fueron la respuesta a una existencia real que debía controlarse por su alto potencial revocatorio; era imperioso desactivar esa red tendida, marginal y minoritaria pero alternativa y antagónica al orden político existente. No fue un elemento menor la poca cantidad de votos que obtuvo el partido “mayoritario” . Decenas de proyectos nacidos de las asambleas o de los movimientos de desocupados encontraron subsidios, posibilidades de cooperativizarse; inesperados alineamientos oficialistas llevaron a la escisión a decenas de grupos. Al extenderse cierto crédito esperable hacia todo gobierno nuevo las asambleas perdieron el carácter revocatorio que parecía ser constitutivo, pero en una saludable respuesta, producto de los nuevos espacios de coordinación y encuentro que se generaron, fueron mutando hacia un formato diferente. Se puede decir que las asambleas pasaron a ser organizaciones sociales más estables, afianzando la estructura en red sin la masividad originaria pero con objetivos puntuales más claros y definidos. La ligazón con movimientos campesinos, diversos movimientos sociales, pueblos originarios, la fundación de centros culturales, la creación de medios alternativos de comunicación dio una renovada vida para afrontar la normalidad democrática que se acercaba.

Las elecciones generales de 2003 no clausuraron el proceso abierto en 2001 pero es incuestionable que el reordenamiento institucional produjo un golpe fuerte. Aun así, lejos de haberse clausurado una etapa, entendemos que el movimiento asambleario se reconfiguró en un vivo movimiento, minoritario pero latente; desvanecido como tal pero con una continuidad en todo el espectro político que no se rinde a los mandatos de la dominación. Sabemos y constatamos día a día que la crisis persiste, por tanto el proceso está abierto.